viernes, 5 de julio de 2013

El cuerpo enfermo




Hace un par de semanas quedé de salir con una amiga antes de su visita a un hotel pet friendly, lo cual por cierto la tenía por demás emocionada. Quedé de verla en una crepería, en frente de la Universidad en donde me encuentro estudiando la maestría. Todo parecía normal, por lo cual pedí un té Chai y una crepa salada porque mi desayuno había sido un yogurth, en parte porque la idea era comer con mi amiga. 

La crepa tenía buen sabor, hecha de queso Gouda y jamón de pavo. Platiqué con mi amiga de nuestra nueva apreciada y hermosa adicción, es decir, los doramas coreanos –melodramas coreanos en realidad, están mejor hechos que las telenovelas mexicanas-. Todo en orden hasta que mi estómago comenzó a protestar, para después dolerme la cabeza, cambiar mi respiración, terminando en vómito. Cerré esa noche con broche de oro cuando me dio fiebre. 
Para no hacer el cuento largo de mis dolencias, me hice acreedora a una infección estomacal que después de dos noches con fiebre, me hizo comprender lo necesario de tomar antibiótico, al cual por cierto le huyo porque después de dejarlo, necesito otra semana de recuperación.

El hecho de estar enferma, de temblar en la noche porque el cuerpo se me puso como témpano de hielo, después de estar hirviendo, el hecho de tener dolor en el estómago con cada alimento no es divertido. El estar enferma me hace enfrentar una realidad en donde no importa la cantidad de cuidados, lo importante es comprender lo vulnerables que puedo ser cuando estoy así.

He visto películas de antaño, en donde el ritmo de vida es evidentemente más lento. No quiere decir que hubiera menos actividades, simplemente la vida tenía otro compás. Ahora todo es correr, trabajar, comer, de vez en cuando tener vida social, luego seguir trabajando y conocer algo así como el estrés crónico.

Obviamente esto no aplica en todos los casos, he ubicar esta situación a los simples mortales sin el apoyo de una fortuna cuantiosa detrás. El hecho es que el avance tecnológico provoca situaciones como las de sincronizar todos los aspectos de la vida, entonces desde un dispositivo móvil puedes revisar el correo electrónico, las noticias, los medios masivos, puedes jugar y hacer un sinfín de actividades.

Así que si antes, después de las seis, de las ocho, según el horario, llegabas a tu casa a realizar las actividades propias del hogar, entre ellas el dormir, ahora te puede llegar un telefonazo al celular, o bien, un correo electrónico anunciando alguna emergencia, es menester atenderla al momento. O si el cliente, el proveedor, el contacto está del otro lado del mundo, puede ser hasta cierto punto natural contestar a las cuatro de la mañana dada la diferencia de horario. 

Por ejemplo, esta vez, después de dos días de cama, tuve que presentarme en la Universidad a hablar sobre los avances de mi proyecto de investigación, ante compañeros de otras universidades. La verdad, el sentirme mal me ayudo a no estar nerviosa. Sin embargo, después de una media hora, comencé a marearme, estaba sudando mucho y no pude permanecer mucho tiempo de pie. De igual forma, a la hora de mi presentación, la cual fue de 15 minutos, no pude concentrarme del todo con las preguntas que me hacían, y mucho menos pude pensar en una respuesta ingeniosa o cautivadora para las mismas.

Cumplí con el compromiso, pero me hizo preguntarme si valió la pena estar sentada, sintiéndome fatal, a punto de tirarme en el suelo porque el cuerpo se me volvió una piedra. Cuántas veces no abusamos de nuestro cuerpo para “cumplir” con las responsabilidades adquiridas con el paso de tiempo. Ahora todo es rápido, todo debe ser funcional y todo debe estar sincronizado.

La cuestión es que en realidad, lo único que sí poseemos, que nos pertenece, que es parte de nuestra esencia como seres humanos es el cuerpo. El cuerpo debería ser sagrado y una prioridad en nuestra vida, sin embargo, al cuerpo lo ultrajamos, lo adornamos, abusamos de él. Al final entonces, ante el ritmo de la vida actual, pareciera que no tenemos tiempo para enfermarnos, cuando en realidad, si no buscamos una válvula de escape, el cuerpo simplemente colapsa.

Con el paso del tiempo, y ante esa realidad de vulnerabilidad, no he tenido más remedio que buscar actividades un tanto relajadas para evitar el colapso. Aunque de vez en vez, cuando me da fiebre, o simplemente no puedo levantarme, vuelvo a recordar lo débil que en realidad soy. El cuerpo enfermo no sólo es el cuerpo, el cuerpo enfermo debilita a la mente y al espíritu. Por eso es importante tener actividades en donde se pueda canalizar la energía y fortalecer aquella fragilidad propia de nuestra especie.

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿Alumna o maestra?



Me gradué de 21 años de la universidad, según mis planes, iba a trabajar en una empresa grande, trasnacional de preferencia. Sería una especie de sacerdotisa preocupada por su gente, mejoraría el ambiente laboral y me daría a la tarea de construir una buena reputación para la empresa que me contratara, en otras palabras quería trabajar en comunicación organizacional. Después de 12 años puedo decir que mi experiencia en empresa de tipo internacional, es prácticamente la misma: Cero. 

En cambio, en mi alegre peregrinar de entrevistas con resultados de rechazo, se abrió una puerta de manera un tanto informal. Según yo, estaría en ese trabajo alrededor de tres meses, esperando que alguien me diera la oportunidad de demostrar todo lo que podía hacer por su organización. Esa puerta toma el nombre de docencia.  Lo curioso del caso es que yo no pensaba pisar ese campo, más que falta de preparación, tenía falta de interés.

Como en las películas o telenovelas, los días se volvieron años y de tres meses pasé a tres años enseñando en una prepa abierta. La verdad si fui explotada por dicha escuela, aguanté a un coordinador misógino y a una dueña con una personalidad única. También aprendí a tener paciencia, a mejorar mi forma de explicar, a preparar mis temas, a aguantar a los alumnos problemáticos y hacerle frente a cualquier eventualidad. Lo cierto es que descubrí que era buena maestra, pero me hacía falta madurar como persona y prepararme mejor como profesional.

Después de esa escuela, pude trabajar en algo más relacionado con mi campo. Hice algo de consultoría, producción de tele (como asistente), coordinadora de campaña, relaciones públicas, entre otras. Mi idea era hacerme de un trabajo estable, noble, que me permitiera tener tiempo para mí y sobre todo, en donde pudiera conseguir prestaciones, en cambio el destino tenía otros planes… después de años ausente, regresé a uno de mis fuertes: dar clases.

Mi regreso a Prepa Abierta fue curioso, un antes y un después. Con el tiempo, desarrollé habilidades y obtuve conocimientos que enriquecieron mi labor. Comprendí mucho mejor los contenidos, en esta escuela ya recibí capacitación, me volví experta en desarrollar evaluaciones y material de estudio. Comprendí que tal vez mi camino era mejor por la docencia, logrando así disfrutarla más.

El siguiente paso se dio con el tiempo… logré dar clases en una universidad. Otro mundo lleno de sorpresas. Me tengo que preparar el doble, me he descubierto como una maestra controladora, medio histérica y que intenta enseñarles que hay un más allá, a ampliar un poco su criterio a pesar de mis propios prejuicios. He intentado divertirme y me he ganado el calificativo de exigente, aun cuando me considero barco.

Me gusta ser maestra, he desarrollado tolerancia a la frustración y en verdad espero haber tocado el corazón de alguno de ellos, espero  haberles podido regalar una perla de las muchas que he recibido en mi vida. Extraño dar clases ahora que he vuelto a ser alumna, me he sorprendido pensando en el material que podría proporcionales a mis alumnos o algún método que me ha gustado de mis maestros. 

Quién lo dijera… soy una maestra… ¡SOY una maestra!

sábado, 11 de mayo de 2013

Y que me acuerdo...



El otro día, como buena estudiante, puse empeño en diseñar una exposición digna de un alumno de maestría. Aunque el resultado fue decente, la verdad no siento que me haya lucido, y más cuando no asistieron la mitad de mis compañeros. A pesar de que mi ego no se infló tanto como yo hubiese querido – si, lo acepto, también tengo vanidad – redescubrí una de las cosas que más me gustan: La publicidad. 

Cuando me alejé de mis raíces de comunicación para comenzar en vasto mundo de la política, olvidé un poco la razón por la cual había optado por la comunicación como vocación en la vida.

Para esta exposición tuve que tratar sobre un libro que, en pocas palabras, hablaba sobre un estudio neoinstitucionalista, tomando a las instituciones como reglas del juego y así analizar el por qué en un país, un mismo proceso democrático se vive diferente para las regiones que lo conforman. La cuestión es muy política, muy actual y muy estudiada, y un tanto aburrida para mí.

Entonces, para mi exposición decidí comenzar contrastando comerciales publicitarios de oriente y occidente, para de ahí seguir con la estructuración del marco teórico del libro que me había tocado exponer. Lo importante, para mí, no es tanto el hecho de cómo ligué ambos temas, sino la razón por la cual me gusta la publicidad.

La comunicación es un proceso presente en todos los ámbitos, la comunicación es la base del conocimiento, del aprendizaje, del poner en común ideas. Así pues, la comunicación tiene en su punto de partida a la persona. Y eso es lo que me gusta de mi carrera, tratar con personas, el poder explorar un poco de su psique y comprenderlas, me gusta entablar conversaciones, me gusta estudiar los casos en donde se ha dado un proceso de comunicación efectivo, capaz de llegar de manera adecuada a su audiencia.

La publicidad contiene creatividad, estudios, estrategias, representa además a una marca y el trabajo de mucha gente. Eso también lo ligo con otros temas como podría ser el arte. En qué momento una persona pudo concretar una idea abstracta en un producto llamativo, en algo concreto. Me pregunto cómo se puede tocar la emoción de alguien para que ese alguien pueda abrirse y acepte la propuesta del creativo.

La comunicación es variada, rica, es un reto a veces. La comunicación es un mundo juguetón, a veces serio, es cambiante, un tanto voluble y a veces caprichosa. La comunicación es divertida, muy divertida. En verdad me da gusto saber que todavía amo mis raíces, que todavía me emocionan y que todavía soy capaz de buscar-encontrar los signos presentes en todos los mensajes. ¡Definitivamente es divertido!

Un loco hace mil...



He llegado a la conclusión de que la psicosis puede transformarse en una enfermedad contagiosa.